Amanece un domingo como cualquiera en la helada Bogotá, un frío de esos que penetran y hacen doler un poco los dedos de las manos, cubre de neblina las montañas y apenas si se puede divisar el punto amarillo del sol, son las cinco y treinta de la mañana.

Cuando las calles aún permanecen vacías y sólo se divisan unos cuantos taxis terminando su turno nocturno, un grupo de jóvenes se sitúa en la Plazoleta del Rosario, pleno centro de la ciudad, y con el acompañamiento de la policía, reparten tamales y chocolate a los habitantes de calle de la zona.

Hasta aquí nada tan extraño, ¿qué los diferencia a ellos de otras personas que también reparten comida entre este sector de la población? Daniel Turriago es diseñador gráfico y hace parte activa de este equipo de jóvenes que, a partir del acercamiento a una problemática, construyeron una gran idea.

La chaqueta nómada, dice Daniel, no tiene mayor ciencia; “queríamos hacer un producto que permitiera dejar un legado en un sector vulnerable de la población y nos dimos cuenta que una de las problemáticas más fuertes para los habitantes de calle, era el frío de la ciudad”, él y sus compañeros idearon una prenda que sirve de chaqueta, maleta y sleeping, una idea que ya habían oído mencionar en Estados Unidos, pero que jamás había trascendido.

Lejos de imaginar el boom que produciría su invento, comenzaron a diseñar la chaqueta nómada, de un material impermeable por fuera y térmico por dentro, eran en total 17 cabezas intentando imaginar siquiera cómo llegarían a diseñar una prenda que en realidad cumpliera con su objetivo; abogados, enfermeras, ingenieros civiles, arquitectos, diseñadores gráficos y por fortuna, una diseñadora de modas, así fue como llegaron al prototipo final.

Bastó una cotización y una publicación en Facebook para que se volvieran tendencia y viralizaran la red social con esta causa. Más de 1.200 likes y mil compartidos en menos de una semana, protagonizaron noticias en City TV, La W y El Tiempo, y en dos semanas ya habían recolectado el dinero suficiente para mandar a fabricar las 30 chaquetas de la prueba piloto que querían hacer, todo donado por personas que confiaron ciegamente en estos chicos que se comprometieron con hacer algo novedoso, diferente y útil para personas poco favorecidas.

Desde la publicación ha pasado ya un año, la fabricación de las chaquetas fue un éxito, pero lo que vino después se complicó un poco. Teniendo en sus manos el producto, llegaba la prueba de fuego, ¿cómo entregarlas? La población en indigencia se caracteriza por ser dispersa, nómada, difícil de censar, ¿cómo llegar a todos? ¿cómo cerciorarse de que efectivamente iban a usar las chaquetas? ¿cómo medir el impacto?

Intentaron hacer la gestión a través de fundaciones y también con la Secretaría de Integración Social, sin embargo, sus políticas contradecían el objetivo esencial que ellos habían creado con las chaquetas, no era entregar por entregar indiscriminadamente, era realmente dar algo de valor.

De ahí nació la idea de la repartición de desayunos, un domingo al mes se reúnen con los habitantes de calle, desayunan con ellos, hablan con ellos, comparten historias, experiencias y agradecimientos; ya satisfechos, regalan las chaquetas únicamente a aquellos que han dado de su tiempo para quedarse y compartir un momento diferente, “de 40 habitantes que reciben desayuno, sólo 13 se quedan”, no importa que sean pocos, lo realmente importante es que de alguna manera también se ganen el beneficio de la chaqueta, de nuevo, no es dar por dar, esa no es la idea.

¿Cómo saber si aquellos que reciben el beneficio sí aprovechan la chaqueta o simplemente van y la venden, como varias veces les han dicho que sucede? No se sabe, hoy están ideando alguna manera para realizar este seguimiento, por lo pronto les fortalece tener un espacio diferente junto a ellos.

Los proyectos de este equipo de jóvenes no paran, la idea es seguir trabajando en la chaqueta, buscar apoyos empresariales e incluso usarla en situaciones de desastres naturales. Mientras tanto, seguirán compartiendo un buen desayuno junto a habitantes de calle y entregarán las chaquetas a quienes deseen abrir sus corazones y disfrutar de una charla cómoda y poco común un domingo en la mañana con el frío arrasador de Bogotá y una deliciosa y caliente taza de chocolate o café.


Sol Gómez Botero

Comunicadora social y periodista

2 Comentarios

Paula Andrea Amaya Martinez · enero 10, 2018 en 8:26 pm

Cuando hay un ser humano que se para por el resto de la humanidad, hace que lo extraordinario suceda. Así empieza lo irrazonable, lo maravilloso y la transformación. Gracias por compartir este lindo legado. 4’s

Santiago Novoa Chirolla · enero 10, 2018 en 9:23 pm

Gran proyecto muy interesante me gustó. Felicidades!

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