A la memoria de Celina Henao, Francisco Botero y María David, mis abuelos y a Guillermo Botero, mi tío.

Hoy mi día transcurría normalmente hasta que un amigo, desde la distancia, me hizo recordar lo mucho que amé a mi abuelita y pensé que nunca le escribí cuando se fue, tres años atrás.
Afortunadamente, recordar a las personas que más has amado en la vida no tiene fecha de caducidad, esa siempre va a ser la manera más bella de recordarlos y tenerlos aquí a nuestro lado.

Ese primero de diciembre sonó mi celular, contesté y escuché la voz entrecortada de mi mamá: “nena, te voy a contar algo, pero por favor mantente tranquila”…
Mi abuelita, la única que me quedaba, la de cabello blanco y siempre bella a pesar de la edad y el cáncer que la invadía diez meses atrás, había fallecido sin saber qué sucedía, sin siquiera darse cuenta, o eso es lo que quisiera seguir pensando, que no sufrió, que simplemente se fue, llegó al cielo que siempre había anhelado y que sin duda, por su fe impecable aún en la adversidad, se lo había ganado.

Combatió esa agresiva enfermedad que aqueja a millones de personas en el mundo como una guerrera inquebrantable, como quien se aferra a la vida con las fuerzas enteras del ser. Puedo recordar con perfecta lucidez cuando en junio de ese mismo año entró a cirugía y tomándome de la mano me dijo: “mijita, ore mucho por mí y no me vaya a recordar sin maquillaje, qué vergüenza”, ella no sabía que estaba más bella que nunca y que con esa esperanza en sus ojos me estaba enseñando a amar la vida.

Pasaron muchas horas antes de salir victoriosa de esa sala de cirugía, la tranquilidad volvía a la familia, la medicina y su fe la habían salvado de una operación de alto riesgo. Sin embargo, como ese fantasma del pasado que siempre vuelve, el monstruo del cáncer reapareció más agresivo que nunca y en menos de mes y medio se la llevó para siempre.

A pesar de su diabetes se pudo tomar su última Coca Cola y un ponquecito que disfrutaba como un nené, ya no había mucho que hacer.

La última vez que la vi casi no reconocía y confundía algunos recuerdos, pero esa no es la abuelita que guardo en mi memoria, todo lo contrario, ella es y será siempre la mujer que me enseñó a aferrarme a lo más amado, la vida misma.

Si quieres leer la historia que me inspiró a escribir esto, puedes hacerlo aquí: https://hjck.com/reportajes/de-vuelta-a-la-realidad/

Categorías: En mí

Sol Gómez Botero

Comunicadora social y periodista